12.- MAXIMO BENEFICIO, FLEXIBILIDAD Y NUEVAS TECNOLOGIAS.
Frente a esta palabrería fútil bastaba estudiar un poco los mecanismos de funcionamiento del capitalismo para comprender la materialidad última de las cosas, desde el poder hasta las mercancías simbólicas e intangibles, virtuales. Avendaño critica a uno de estos autores que pronosticaba la "desmaterialización" de IBM: "Muchas empresas transnacionales de ese rango mutan hacia subsidiarias, empresas supuestamente competidoras, alianzas comerciales y repartos de mercados, así como otros tipos de estructuración, para no perder su poderío y seguir siendo lo que son: manifestaciones de un poder omnímodo del gran capital que, lejos de deteriorarse, crece día a día. Puede hablarse con mayor de "la maraña del poder", en lugar del cambio de poder. Incluso si la mencionada compañía desapareciera, como lo pronostica este autor, nada nos hace suponer que el poderío económico que se encuentra detrás no adquiriría una forma ligeramente diferente por medio de otras compañías u otros rubros comerciales, El "poder" del capital en las mismas manos aunque tengan diferentes marcas y productos, no se modifica substancialmente" (161).
Avendaño se refiere al proceso de descentralización en la producción pero centralización en el control y en el poder, tendencia expresada así por B. Harrison:
"Basado en las experiencias históricas particulares de cada una de las diferentes regiones geográficas y siguiendo (como resulta inevitable) un cambio desigual desde una empresa y un país a otro se está definiendo una cierta tendencia a que los negocios dependan en mayor medida de redes de producción de todo tipo, como forma para lograr una mayor flexibilidad en todos y cada uno de los sentidos del término. Los polos industriales basado en pequeñas empresas del norte de Italia, entre otros posibles, se están analizando en la actualidad como casos especiales de un fenómeno mucho más general. Además, la evidencia empírica parece aplastante en el sentido de que demuestra que los florecientes sistemas de empresas comunes, cadenas de proveedores y alianzas estratégicas no constituyen en absoluto una regresión --dejémoslo en negación-- de una tendencia de más de 200 años hacia el control centralizado en el capitalismo industrial, incluso aunque la actual actividad de producción se esté descentralizando y dispersando cada vez más" (162).
Otros muchos investigadores insisten en esta cuestión clave, y entre ellos quiero citar el obligado libro de M. Galcerán y M. Domínguez: "Dicho de otro modo, las grandes multinacionales, propietarias de las tecnologías que utilizan en el marco de su producción, transfieren el derecho de uso, pero no la propiedad de la tecnología, por lo que no puede decirse que se trate de una auténtica venta. En algunos casos acuden a la práctica de creación de filiales en diferentes lugares del globo, a los que se cede dicha tecnología, a la vez que la instalación queda incorporada a la empresa madre como un nuevo miembro. De este modo, las grandes empresas crean espacios económicos desterritorializados, integrados por filiales ubicadas en diversos lugares y unidas entre ellas por lazos de dependencia en una estructura jerárquica (...) En suma, en el espacio internacional la tecnología no circula como una mercancía-tipo, sino que en tanto que va unida a los bienes de capital, forma cuerpo con las estrategias de las multinacionales para repartir el mercado, para acceder a nuevas zonas o para mantener una hegemonía inicial" (163).
Las multinacionales planifican sus estrategias en estrecha relación con sus respectivos Estados "de cuna" porque ellas mismas tienen todavía intereses estatales propios, aunque al analizar el problema a escala de la división mundial del trabajo, hay que tener en cuenta el interés del capitalismo desarrollado sobre y contra el resto de la humanidad. S. Amir ha sintetizado los instrumentos que aseguran esos intereses y que coordinan a las multinacionales en sus famosos "cinco monopolios":
Monopolio tecnológico; control de los mercados financieros mundiales; acceso monopolista a los recursos naturales del planeta; monopolio de los medios de comunicación y monopolio de las armas de destrucción masiva. "Estos cinco monopolios, tomados en su conjunto, definen el marco en el que opera la ley de valor mundializada. La ley del valor es la expresión abreviada de todas estas condiciones y no la expresión de una racionalidad económica "pura", objetiva. El condicionamiento de todos estos procesos anula el impacto de la industrialización de las periferias, devalúa su trabajo productivo y sobrevalora el supuesto valor agregado derivado de las actividades de los nuevos monopolios de los que se beneficia el centro. El resultado final es una nueva jerarquía, más desigual que ninguna de las anteriores, en la distribución de los ingresos a escala mundial, que subordina las industrias de las periferias y las reduce a la categoría de subcontratadas. Éste es el nuevo fundamento de la polarización, presagio de formas futuras" (164).
Pero no se trata sólo de la explotación de las periferias por el centro capitalista, sino también de la explotación dentro del capitalismo desarrollado. Ahora bien, tanto en uno como en otro caso, relacionados dialécticamente, lo que ocurre es que el capitalismo ha dado un paso de la explotación taylor-fordista o rígida, a la explotación flexible. Barnet y Cavanagh explican cómo Japón tuvo que ingeniárselas tras las masivas destrucciones de su capacidad productiva en la II Guerra Mundial para recuperar el poder perdido, y cómo desarrollaron en estrecha relación con especialistas norteamericanos la flexibilidad del trabajo. Una cosa de todas las que dicen es ahora especialmente interesante porque muestra la esencial naturaleza centralizada, autoritaria y disciplinadora del capitalismo al margen de sus cambios formales: "Los sistemas de fibra óptica, las telecomunicaciones regionales, las comunicaciones vía satélite, telefax, comunicaciones por microondas y especialmente los edificios "inteligentes" hicieron posible que las sedes centrales de las multinacionales adaptaran algunas de las tecnologías de mando y control desarrolladas por la defensa militar a sus operaciones comerciales y financieras repartidas por todo el mundo" (165). Por tanto, la flexibilidad famosa está dentro de la rigidez de mando agudizando una dialéctica común y constante en la historia del control disciplinario, con su obsesión por reducir la incertidumbre y el despilfarro. Recordemos, en este sentido, lo vital que es el orden y el ahorro en la logística militar a la que aludíamos anteriormente.
Hablando de incertidumbre ocurre que, como muy bien explica,. A. Bilbao en un texto necesario: "Los cambios en el entorno de la empresa, la globalización y la competencia determinan un aumento del grado de incertidumbre. La flexibilidad de la gerencia es condición para hacer frente a los cambios. Esta flexibilidad debe ser correlativa a la flexibilidad de la fuerza de trabajo". La flexibilidad responde, así, a la necesidad de disciplina laboral porque: "En la consideración de la empresa como espacio desde el que se impulsa la reproducción material de las sociedades, cobra especial relevancia el problema del control. Todo un conjunto de teorías, desde la organización científica del trabajo, a escuela de las relaciones humanas, han tenido como objeto afrontar y resolver el problema del control. El control de la producción puede caracterizarse como un conjunto de problemas cuyo objetivo es aumentar el rendimiento". Las tecnologías son muy importantes en este objetivo de aumentar el rendimiento y con ello el beneficio pero: "La tecnología no es una variable independiente de las condiciones sociales y políticas en las que aparece. Si se toma el ejemplo de la exportación de tecnologías por parte de las multinacionales, se puede observar cómo su recepción se ve influida por factores tales como: (a) La organización y presencia de los sindicatos; (b) la calidad de la mano de obra disponible; (c) la existencia de un excedente de mano de obra; (d) el sistema nacional de trabajo" (166).
Vemos así un continuo interactivo entre la lucha de clases, la flexibilidad, la disciplina y control laboral, y el contexto nacional en el que se desarrolla esa lucha de clases. Un continuo en el que las estrategias de flexibilización actuales, que están "dirigidas preferentemente a restar poder de negociación a la clase trabajadora" (167), también transforman los sistemas de liderazgo, dirección y control interno del proceso productivo, e igualmente, por ósmosis, los que terminan dirigiendo los sistemas que se imponen en la sociedad en su conjunto. A. Gorz, por su parte ha demostrado la estrecha relación histórica entre la nueva discioplinarización y las viejas ideologías individualistas y neodarwinistas, y precisa:
"Esta ideología (de la que el thatcherismo ofrece, en Europa, la expresión más cabal) tiene, desde el punto de vista del capitalismo, una racionalidad rigurosa: se trata de motivar una mano de obra difícilmente reemplazable (por el momento, al menos) y de controlarla ideológicamente a falta de poder controlarla materialmente. Para esto, hay que preservar en ella la ética del trabajo, destruir las solidaridades que podrían vincularla con los menos privilegiados, persuadirla de que trabajando lo más posible es como mejor servirá al interés de la colectividad además de al suyo propio. Habrá, pues, que ocultar el hecho de que existe un creciente excedente estructural de mano de obra y una penuria estructural en aumento de empleos estables y a tiempo completo; en resumen, que la economía no tiene ya necesidad --y tendrá cada vez menos-- del trabajo de todos y todas (...) Se dirá, pues, que los parados y los precarios no buscan verdaderamente trabajo, no tienen aptitudes profesionales suficientes, son incitados a la pereza por unos subsidios de paro demasiado generosos. Se añadirá que todas esas personas cobran salarios demasiado altos para lo copo se saben hacer, de suerte que la economía, doblegándose bajo el peso de cargas excesivas, no tiene ya el dinamismo necesario para crear un número creciente de empleos. Y se concluirá: "Para vencer el paro, hay que trabajar más" (168).
Pero la importancia de estas cuestiones va más allá de las tecnologías clásicas ya que, de un lado, estamos rozando el umbral de una nueva fase, y, de otro lado, estos cambios se orientan decididamente hacia la transformación del sistema hombre-máquina en el de organización-máquina, como veremos. En el primer aspecto, A. Pestaña sostiene que:
"Si en los albores de la revolución industrial --en el período paleotécnico de Mumford-- la tecnología tenía un contenido predominantemente artesanal y empírico, basado en el costoso método del ensayo-error, que tantas vidas humanas segó entre los pioneros del maquinismo, andando el siglo XIX el empirismo iba a ser sustituido progresivamente por la capacidad predictiva del método científico, inaugurando una fase --neotécnica-- de contenido científico reciente, en el que la ciencia empieza a configurarse como el motor del desarrollo tecnológico. Esta tendencia experimenta una inflexión sin precedentes a partir del nacimiento de la biología molecular, de forma que las nuevas tecnologías basadas en el conocimiento biológico (biotecnología y genotecnología) surgen directamente del conocimiento científico. Los cambios son tan importantes como para definir una nueva fase biotécnica en la serie de Mumford, que va más allá del término introducido por el autor para enfatizar la influencia mutuamente beneficiosa de la tendencia a integrar la vida en la tecnología (manifiesta en el fonógrafo, el teléfono, el cinematógrafo, etc.) adaptando la máquina a las necesidades y deseos humanos. La nueva fase biotécnica que postulamos de acuerdo con Krimsky se caracteriza por un cambio tecnológico muy rápido, unos tiempos de transferencia al sector empresarial mínimos (debido a que, en la mayoría de los casos, las empresas se crean para explotar comercialmente las aplicaciones directamente derivadas del nuevo conocimiento científico-técnico) y una gran plasticidad empresarial (por su dependencia de nuevos conocimientos susceptibles de comercialización)" (169).
Aun siendo cierto que la prensa ha magnificado en extremo tanto las posibilidades curativas como las de control social que pueden derivarse de la industrialización de la biotecnología, y que, especialmente en el caso del genoma y de la clonación humana todavía hay muchos obstáculos científicos que superar, D. Soutullo tiene razón, pese a todo ello, en exigir una transparencia social absoluta y un debate público sin contrapisas (170). También insisten en lo mismo R. Hubbard y E. Wald:
"Las empresas farmacéuticas y biotecnológicas han invertido una gran cantidad de dinero en desarrollar y comercializar nuevos productos de tecnología genética. Philip Abelson, antiguo editor jefe de la revista Science, y que no se opone a la biotecnología, dice que las principales empresas de biotecnología de EE.UU. gastan el 24 por ciento de sus ingresos en comercialización y que sus vendedores hacen 30 millones de vistas al año a oficinas de médicos para vender sus productos. No obstante, por el momento los beneficios no han sido los esperados. Se han obtenido productos como insulina humana, hormonas del crecimiento o interferón, pero el requerimiento de estas sustancias es limitado. Estos productos no van a convertir la industria a la industria biotecnológica en el equivalente de la industria informática de hace dos décadas y producir un nuevo "Silicon Valley", o "milagro de Massachustts". Para conseguir eso los empresarios biomédicos y biotecnológicos van a tener que generar un mercado mucho más amplio" (171).
Y precisamente aquí está el peligro porque esos empresarios, como explican y denuncian más adelante los autores citados, están urdiendo una densa e inescrutable maraña de empresas, instituciones, centros de investigación privada y pública, universidades subvencionadas o directamente compradas por grandes corporaciones capitalistas como Disney o Coca-Cola, grupos de presión dentro de las Administraciones, Congreso y Senado estadounidense, etc., para, por un lado, potenciar esos mercados y, por otro, para acelerar la privatización y la venta de las patentes de los descubrimientos científicos. La experiencia histórica debe servirnos en este caso, como en todos, de advertencia porque, como enseña J. L. Peset, la moda biologicista en su momento fue decisiva para legitimar el imperialismo sino también, dentro de este orden, reprimir furiosamente las resistencias más importantes y/o incómodas (172). S. Chorover ha insistido muy convincentemente en las tendencias al control social masivo que respiran en la sociobiología (173) y, por no extendernos, frente al riesgo cierto de que la manipulación genética sirva para uniformizar a la especie humana en beneficio del poder, A. Jacquard no ha dudado en salir en defensa de la diferencia (174).
Estas y otras críticas insisten en que no se puede separar el impacto global de las biotecnologías en compartimentos estancos e incomunicados, dejando cada uno de ellos en manos de especialistas. Más aún, la capacidad del capitalismo para reciclar las críticas y convertirlas en nuevos negocios, en nuevas "industrias", es tal que, como muy bien denuncian Teresa Kwiatkowska y R. López-Wilchis asistimos a la aparición de una "gran industria ética": "Frente a las posibilidades que abre la biotecnología se ha formado una gran industria ética, se gastan grandes cantidades de dinero en proyectos, conferencias y reuniones, se forman comités éticos, se toman posiciones, se hacen declaraciones; los filósofos discuten casos de una sutileza exquisita olvidándose cuidadosamente de la dimensión política y económica de la investigación científica. No cabe la menor duda, los que definen la política deciden en gran medida la importancia de las metas en la investigación científica" (175).
Podemos así pasar a la segunda parte de las innovaciones tecnológica, la que consiste en el salto del sistema hombre-máquina al de organización-máquina. De entrada, semejante transformación no debiera extrañar ni sorprender a quien haya leído siquiera superficialmente a Marx, que analizó y elevó a síntesis teórica superior todo lo investigado y denunciado hasta entonces sobre y contra esa tendencia objetivas y genético-estructural del capitalismo, y tampoco debiera sorprender a los lectores de Mumford y de otros muchos críticos que no podemos reseñar aquí. Lo que ocurre es que la intelectualidad burguesa no tiene más remedio que "inventar" expresiones ya estudiadas minuciosamente hace mucho tiempo. Pues bien, otra confirmación la subsunción real de la tecnociencia en el capital constante lo tenemos en la ergonomía que consisten en el cuerpo teórico interdisciplinar --biomecánica, economía, antropología, psicología, sociología, etc.,-- encargado de optimizar la productividad del trabajo. Es una parte de la tecnociencia que ha evolucionado rápidamente respondiendo a las exigencias tecno-productivas en aumento, y en palabras de M. Ruiz Ripollés:
"El fenómeno de la globalización obliga a las empresas a ser competitivas. Para ello, éstas deben incluir estrategias que mejoren la productividad, la calidad y la innovación. Ello obliga a la ergonomía a ampliar su actuación desde la consideración del sistema hombre-máquina de la ergonomía convencional, recientemente denominada microergonomía, a la de un sistema organización-máquina, que constituye la nueva visión macroergonómica. Con este nuevo planteamiento se podrán comprender aspectos tales como la aparición de problemas musculoesqueléticos relacionados con factores psicosociales (...) Si bien el impacto de las nuevas tendencias, respecto al bienestar del trabajador, no es un fenómeno suficientemente conocido, ya que los escasos estudios ergonómicos efectuados al respecto presentan conclusiones contradictorias, sí se puede afirmar que la incidencia de trastornos musculoesqueléticos será muy elevada en un futuro próximo. Para abordar este problema, aunque los planteamientos de la ergonomía convencional son imprescindibles, será necesario considerar también su relación con los factores psicosociales, y para ello los planteamientos macroergonómicos serán de gran utilidad" (176).
Por agravamiento de los factores psicosociales debemos entender el empeoramiento de las condiciones de vida y trabajo de la inmensa mayoría de la población. La macroergonomía, al sintetizar operativamente diversos cuerpos teóricos necesarios para la explotación de la fuerza de trabajo confirma, por una parte, la fusión entre tecnología y ciencia; por otra parte, confirma la supeditación de la tecnociencia como base de la macroergonomía a la lógica capitalista y, por último, confirma que el sistema médico capitalista está estrechamente relacionado con la "industria farmacéutica enormemente rica y poderosa que gasta ingentes cantidades de dinero y emplea numerosa mano de obra con el manifiesto objetivo de influir" (177).
(161) Guillermo Avendaño Cervantes: "El mito de la tecnología. Utopía y realidades del progreso técnico". Diana, México 1995, pág. 145.
(162) Bennett Harrison: "La empresa que viene. La evolución del poder empresarial en la era de la flexibilidad". Paidós. Barcelona 1997, pág. 183.
(163) Monserrat Galcerán Huguet y Mario Domínguez Sánchez: "Innovación tecnológica y sociedad de masas". Síntesis, Madrid 1997, págs. 141-142.
(164) Samir Amin: "El capitalismo en la era de la globalización". Paidós. Barcelona 1998, págs 17-19.
(165) R. J. Barnet y J. Cavanagh: "Sueños globales". Ops. Cit. Pág. 272.
(166) Andrés Bilbao: "Modelos económicos y configuración de las relaciones industriales". Talasa, Madrid 1999, págs. 109-158.
(167) I. Brunet y A. Belzunegui: "Estrategias de empleo y multinacionales". Ops. Cit. Pág 307.
(168) André Gorz: "Metamorfosis del trabajo". Sistema, Madrid 1995, págs 98-98.
(169) Angel Pestaña: "Economía política de la biotecnología", en "Genes en el laboratorio y en la fábrica". Ops. Cit. Pág. 34.
(170) Daniel Soutullo: "De Darwin al ADN. Ensayos sobre las aplicaciones sociales de la biología". Talasa, Madrid 1998, págs. 106-151.
(171) Ruth Hubbard y Elijak Wald: "El mito del gen". Alianza. Madrid 1999, pág. 204.
(172) José Luis Peset: "Ciencia y marginación". Crítica, Barcelona 1983.
(173) Stephan L. Chorover: "Del génesis al genocidio". Orbis, Barcelona 1986.
(174) Albert Jacquard: "Elogio de la diferencia. La genética y los hombres". Col. Plural Ciencia Abierta. Buenos Aires 1987.
(175) Ricardo López-Wilchis y Teresa Kwiatkowska: "Ética y ciencias biológicas, un reto para el tercer milenio". En "Ciencia, tecnología/naturaleza, cultura en el siglo XXI", Ops. Cit. pág 158.
(176) Manuel Ruis Ripollés: "Nuevas tendencias y desafíos de la ergonomía aplicada a la producción". En Revista Mapfre Seguridad, Madrid, nº 66, segundo semestre 1997, pág 23.
(177) Rafael Huertas: "Neoliberalismo y políticas de salud". El Viejo Topo, 1998, pág 89.